¡Que el Señor lo guarde y lo bendiga!

Por :  María Teresa Camacho

Hay noticias que cuando llegan quedamos atónitos, sobrecogidos, sin habla.  Es preciso tomar una distancia emocional del acontecimiento para poder luego emitir una palabra que trasluzca nuestros sentimientos ya decantados y discernidos para expresarlos con sensatez y veracidad. Por consiguiente, comentar sobre la renuncia del Papa Benedicto XVI es retórica, porque no pocas personas han levantado su voz de manera amorosa y espontánea como también, grotesca, escandalosa e irreverente, como es el caso de  las mujeres que se presentaron con el torso desnudo al interior de la Iglesia de Notre Dame en París, para expresar su “felicidad” por la dimisión papal. 

 

Comentar sobre las profundas y honestamente discernidas motivaciones que llevaron a Benedicto XVI a renunciar es lo puramente trascendental y, a éstas, haré alusión. Primero, me atrevo a reconocer respetuosamente,  que me ha sido difícil hacer la transición entre Juan Pablo II, hombre carismático y cautivador y Benedicto XVI, tímido y más reservado.  Sin embargo, su gesto al renunciar a su misión como Papa, denota no sólo su profunda conciencia de las implicaciones de su compromiso histórico como cabeza visible de la Iglesia Católica, sino su actitud de humilde reconocimiento de su finitud y contingencia que lo invita a hacerse de lado, para que irrumpa un nuevo vigor y una nueva fuerza en la cabeza visible de la  iglesia militante porque hay un mundo que lo reclama y una misión que lo exige. 

 

 ¡Qué gesto más pulcro y honesto ha sido el del Papa Benedicto XVI, al “bajarse”del trono petrino, para arrodillarse con excelsa conciencia creatural ante su Señor, sabiéndose poderoso por las leyes divinas y humanas, para salvaguardar  a suamada Iglesia de su propia y declarada limitación:  su salud quebrantada. Pienso que con este gesto de altura humana, Benedicto XVI   nos ha dado a muchos católicos y no católicos una lección de vida:  el poder está ordenado sólo al servicio amoroso hacia los demás, deponerlo es gesto de “divina” humildad inspirado en una moción del Espíritu Santo, que, ilumina, aconseja, conduce y transforma las intenciones del corazón humano.

 

¡Qué Dios lo guarde y lo bendiga, respetado Benedicto, y que el Todopoderoso lo conduzca hacia aguas más tranquilas para que pueda orar incesantemente por el confundido mundo en unión de Jesús, el Salvador,  y de su Inmaculada Madre, la Virgen María!