LA OBSESIÓN EMPALAGOSA DEL PODER

La obsesión empalagosa

Por: María Teresa Camacho





 

Si  repasamos los grandes episodios y acontecimientos de  la historia  de la humanidad  constatamos que el  “tener  poder” ha sido siempre anhelado por el hombre.   Alcanzarlo se convierte  en una  obsesión, hasta el punto, que para obtenerlo, los seres humanos  recurren a cuanta artimaña y patraña, para imponer su caprichosa voluntad y, de esa manera, saborear su manjar  empalagoso, violando los derechos de los demás.  

Se ha visto, de igual manera, que el ansia desordenada del poder acaba matando a sus poseedores porque el mal uso y el abuso son un bebedizo mortal. Un ejemplo de lo anteriormente expuesto está presente en los  regímenes totalitaristas tanto de derecha como de izquierda.  En la actualidad, dicho fenómeno  se  evidencia en algunas dictaduras disfrazadas de mentirosa democracia.

 

Ayer, 10 de enero, presenciamos por televisión,  el circo chavista con sus payasos, que  nos brindaron el más exquisito espectáculo de egos exacerbados, animando a  una multitud embrutecida,  que vitoreaba al comandante bolivariano, con el propósito de posesionar “simbólicamente” al ausente personaje, en medio de una farsa montada sobre el estrangulamiento de la ley.

 

Produce indignación, además,  la compra-venta de conciencias, con el consabido discurso caduco y amañado de un  socialismo trasnochado y fracasado en otras latitudes,  pero deseado con fervor por anquilosados dirigentes latinoamericanos que viven de la nostalgia de la revolución, y se autosugestionan  y estimulan con la  emulación criolla del “sueño socialista”, que no es más que la expresión de la decadencia moral, socio-política y económica.

 

A los pobres de América Latina no se les deben dar las migajas de pan que caen de la mesa de sus verdugos de izquierda o de derecha.  Ellos merecen ser los protagonistas de su  propia  historia, una construida a través de  oportunidades reales de educación, de trabajo digno y de satisfacción de las necesidades básicas,  para que  sean ellos y ellas los constructores de su hoy y su mañana, para que alcancen la dicha de ser  portadores de una buena nueva en la intimidad de sus hogares.

 

A los “poderosos” no les interesan los pobres como personas, sino como números en las urnas.  A los “poderosos” sólo les importan sus intereses particulares porque son ambiciosos y egocéntricos.   A los “poderosos” no hay que creerles.