La voz de los olvidados

Por: David Roa, Diego Ruiz, Felipe Micán.

 

 

Sentados frente al televisor, cambiando canales repetidamente intentando hallar algo interesante para ver, (algo que no sea la pelea del reality show, ni los rostros ignorantes de unas mujeres que lucen sus escotes para aumentar el raiting), buscamos imágenes que nos llenen de contenido o de emoción. Podemos encontrarnos algunos canales nacionales con sus noticiarios e impresionarnos de cómo la guerra y la destrucción son mostradas abiertamente y sin consciencia, de cómo los muchos goles de un jugador en el extranjero pasan por encima de los millones de problemas que tiene el país, de cómo mienten o se insultan “altos” funcionarios públicos para mantener una buena imagen, de  cómo la perfecta mecánica de cada noticiario parece girar arrastrando el libre pensamiento como las aguas de un inodoro.



Siempre hay algo que suele escapar a nuestras mentes. Algunas preguntas que sería bueno formularnos. Cuando nos sentimos invisibles (esto no significa que lo seamos), cruzamos la calle de lado a lado y nadie nos mira, ninguno se percata de nuestros rostros de hambre, melancolía, curiosidad o gozo. Tan sólo es visible y oímos hablar del sargento que “dio de baja” al líder de la escuadra enemiga, del político que juró escuelas y proyectos de inclusión disparando tamales a diestra y siniestra, del religioso que pregona de Dios mientras excluye en su discurso homo y xenofóbico.



¿Dónde están los rostros de la ciudad real, del vendedor de la calle,  de la mujer que baila en las plazas buscando sobrevivir, del joven que, sin dinero para la libreta, huye como delincuente de las emboscadas de “superhombres” por no caer en la abyección de esta repugnante disputa?, ¿quiénes son los colombianos de verdad?, ¿dónde se encuentran los legítimos héroes de la patria cuyos nombres han sido bañados con la crueldad de la guerra y la corrupción?, ¿en qué lugar se encuentra la voz de los locos, soñadores y amantes de la vida?, ¿será el futuro de nuestro país un sinónimo de la ceguera del Señor de la Guerra y la constante arremetida de aves arpías contra el pueblo?



Aunque el panorama luzca un poco opaco, es alentador que algunas manifestaciones del lenguaje, como la escritura, la fotografía, la pintura y el teatro esbocen, de un lado, caminos de propuestas y horizontes accesibles, y del otro, memoriales de una historia más verídica, real y no contaminada por la burocratización y compra de la conciencia. En consecuencia, hay ciertas cosas que dan cuenta del esfuerzo de algunos pocos por traer a la memoria la voz de todos aquellos que anteriormente no podían ser escuchados, no porque su voz no fuera potente, sino porque los oídos de todos parecen permanecer cerrados por el peso y poder del apellido, de la popularidad, del dinero o de la influencia política de quien habla.



A propósito de esto, un escritor colombiano, Edilson Silva Liévano, se atreve a afilar su lapicero y entregar  RISA, una novela construida desde múltiples lentes, con un juego metafórico que da cuenta de ciertos capítulos de la historia colombiana empapados de la barbarie y la crueldad que tanto la han caracterizado. En ella entrelaza palabras de todos los orígenes en un lenguaje ácido, crudo y desgarrador, (como muchas de las más grandes tragedias de la historia colombiana) que se presenta a su vez hábilmente encarnado en personajes-seres que son novelados, escritos y reescritos por un hombre que anhela volver palabras las historias y aventuras de todos y todas.



Además, la obra nos hace una invitación a reír, pero de una forma mucho más compleja que esa banalidad provocada por el chiste común, así, nos seduce a recuperar la risa liberadora, carnavalesca, crítica, que subvierte el orden y la opresión; nos convoca a traer al recuerdo a Jorge Eliécer Gaitán como líder del pueblo y la acción humana y profunda de Jaime Garzón, un hombre inteligente que hizo crítica política a través del humor como herramienta pedagógica. Ante nuestras mentes, sentimos que la novela RISA abre una puerta para que la memoria cobre valor y significado para nosotros y nuestra historia. Una historia que puede ser cambiada si aceptamos la posibilidad de ser nosotros, (los silenciados, los olvidados), los nuevos agentes del cambio.