Por: María Teresa Camacho

Los medios de comunicación en la actualidad nos ofrecen un prontuario delictivo explícito y detallado de cuanto acontece diariamente en nuestras ciudades, pueblos, veredas, en otras palabras, en nuestro país. Adicionalmente, rompen las fronteras para informarnos sobre lo que ocurre alrededor del mundo entero. La evidencia de los hechos nos hacen concluir que las dolencias de nuestro “hábitat global” parecen ser muy graves.

 

Podríamos decir como San Pablo que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto (Rm 8,22). El ser humano parece haber   perdido el sentido del otro, del “prójimo”, del que está a su lado; lo considera un enemigo, una amenaza latente que debe aniquilar, suprimir, desaparecer sin contemplación alguna. Lo doloroso es que perdiendo el horizonte del otro, se pierde el propio y la relación con Dios y con el resto de la creación. Paradójicamente, constato cada día- y esa es nuestra esperanza- que hay personas que son luz en medio de las tinieblas porque por medio de gestos sencillos—una sonrisa dulce, una mirada cálida, una palmadita en la espalda, un guiño cariñoso, --- obran el milagro de “tejer humanidad”.

 

A través de estas maravillosas manifestaciones se autotrascienden para arriesgarse a entablar una relación, a reconocer al otro como un interlocutor válido, como el terreno fértil desde donde se construyen los vínculos de solidaridad, hermandad, cariño y tolerancia, tan propios de una sana convivencia. Estos gestos confirman, que el amor hecho expresión, es lo propio de lo humano y que su praxis anticipa lo “celestial” desde lo terrenal. Al mismo tiempo quien es luz cobija la esperanza, se ama a sí mismo y a todo lo que lo rodea. Rescatar la luz en medio de las tinieblas es un deber moral. Retomar nuestra historia, desde donde estemos y cómo estemos, para reconstruir procesos y “tejer humanidad” tomará quizás varias generaciones porque reparar el horizonte de la hermandad perdida, de la confianza ahora fraccionada, de la honestidad olvidada

 

o refundida, de la fidelidad a nuestros principios y valores será un proyecto arduo de alcances “eternos”. Además, exige, necesariamente, un arrepentimiento real del mal producido por todos en todas las instancias de la sociedad, para que la metamorfosis personal comience la lenta pero segura transformación social que asume la decisión de cambio para volverla acción. Soñemos que este parto doloroso tomará el cariz de un fruto gozoso llamado “ nueva humanidad”.

Los gestos que tejen humanidad