Luis Fernando.

Por: María Teresa Camacho.





 

Hoy pasó el buen Dios por nuestra vida. Salíamos con mi mamá de una cita odontológica y a pocas cuadras nos abordó un hombre delgado con una sonrisa amable que invitaba a la confianza. Nos pidió “una limosnita” porque había salido de una quimioterapia y sentía hambre. Nos mostró, además, una cicatriz en el estómago y nos relató brevemente su historia y le creímos. Así no más, sin dudas ni aspavientos. Yo le dije: “Mira, no te voy a dar plata pero sí algo de comer, camina y busquemos una panadería.” 


Recorrimos unas cuantas cuadras y todos los restaurantes estaban cerrados, hasta que por fin, encontramos una cafetería- salón de té- como dirían algunas bogotanas. Entramos- mi mamá y yo- con aire decidido con nuestro invitado, revestido de pobreza y dignidad. Salió a nuestro encuentro una joven empleada del lugar y nos ofreció una mesa, nos sentamos y le preguntamos a Luis Fernando qué deseaba comer. Nos respondió que lo que nosotras le quisiéramos dar. ¡Tan propio de un corazón humilde atenerse a lo que deseen ofrecerle! Por tal razón, le propusimos un “menú” a lo cual él accedió gustoso. En ese momento pensé que este sutil “pasar de Dios” por nuestras vidas fue contundente, lleno de lecciones y de delicadas insinuaciones.


Lo maravilloso y “celestial” de este encuentro con Luis Fernando, fue la espontánea cercanía que sentimos los tres con la complacencia de las dos jóvenes que nos atendieron que nos observaban de lejos sonrientes. Nuestro amigo degustó la empanada de pollo caliente y el aromático café como si fuera un manjar “bajado del cielo” y su deleite se convirtió para nosotras en un espacio salvífico que selló con broche de oro su inocente exclamación: “¡Nunca me habían atendido así en mi vida!”


Mi mamá y yo salimos un tanto conmocionadas pero gozosas ante este pasar del buen Dios por nuestras vidas. En cada una quedarán las enseñanzas de ese toque divino, que muy seguramente, transformarán nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotras mismas. Ver alejarse a Luis Fernando calle arriba cuando nos despedimos fue nuestra recompensa, porque caminaba erguido y seguro de sí mismo, efectos del amor y  el reconocimiento! ¡Qué diciente es el camino terrenal cuando trae consigo anticipos pascuales! ¡Gloria a Dios hoy y siempre!