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Guía para que Colombia no siga comiendo cuento por Jaime Garzón

Las palabras que les redacté a continuación son el resultado de un proceso en el que traté de rastrear la idea de que existe una Ética Garzoniana que podemos aplicar no solo aquí en la institución educativa, sino en el país entero; comienzo citando una frase suya:


‎             “Yo creo que si uno vive en este país tiene una tarea fundamental que es transformarlo y eso genera que el miedo de vivir aquí le dé a uno el valor de querer un país mejor.”

Jaime Garzón, periodista y humorista político de la emisora Radionet y del canal Caracol Televisión. O, al menos, eso es lo que nos resumen varias páginas de internet al poner su nombre en la barra de búsqueda; sin embargo, si vamos a hablar de Jaime Garzón hay mucho más que abarcar que un solo renglón de ocupaciones sin contexto.


Podríamos hablar de una de las cosas más importantes que Garzón hizo por Colombia: trabajar en la liberación de secuestrados durante los años 90. Pienso en esto al evocar a Philip Roth, quien nos plantea la siguiente pregunta “¿Cómo piensas llenar el vacío de la indignación?”

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Garzón no se quedó solo en la crítica (aunque lo esencial para una ciudadanía moderna sea tener pensamiento crítico); se adentró por días enteros en lugares del país donde ni Dios tiene alguna jurisdicción, en los que la pólvora reemplaza al oxígeno y donde los niños se convierten en guerreros de cualquier bando sin siquiera saber que significa la palabra “adoctrinamiento”.


Luego de acuerdos que se demoraban en aceptar, Jaime regresaba con la persona que habían secuestrado; innumerables familias le deben la vida. Son hechos de los que casi nadie habla hoy en día, cuando su nombre es pronunciado.


Yendo un poco más atrás, desde niño hizo preguntas que los demás no hacían o que no se les ocurrían; para sus docentes había dos opciones: los profesores incapaces de aceptar la crítica o de valorar esas habilidades en los estudiantes, terminaban viéndolo como como un dolor de cabeza, los otros lo veían como un genio talentoso y trataban de seguirle el paso a sus pensamientos; luego de una vida reflexionando llega a la siguiente conclusión, que tendremos la oportunidad de comprobar una vez lleguemos a la universidad: “Se supone que las universidades eran la universalidad del conocimiento, hasta que llegaron los profesores”. Desde muy joven, muchas de sus opiniones eran consideradas inapropiadas.


Esta tesis es muy poderosa al aplicarla a nuestro contexto, la escuela y la universidad se ha convertido muchas veces en un circo o en una prisión, siguiendo a Foucault; y allí la mediocridad parece ser uno de los elementos que relacionan todo el tejido social; en la antigua Grecia, para ser considerado un maestro, era esencial conocer todas o la mayoría de áreas del conocimiento, entonces existía un sabio que filosofaba sobre los números junto a sus discípulos y viceversa. Mientras, hoy en día, los profesores se niegan a ir más allá de su área asignada por un título, argumentando que “No es necesario que sepan de otros temas si ya conocen los de su materia”; ahora hay profesores de español que no saben de física, de matemáticas que no aprenden inglés etc., y la lista sigue, y en cuanto a los estudiantes, el escenario no es muy alentador, las redes sociales han anestesiado a estas últimas generaciones, ya incapaces de asumir el conocimiento como un reto que humaniza.


Hay que destacar que Garzón era una persona que no se intimidaba ante el poder, o como él decía, no miraba a los que lo manejaban, desde abajo, porque el poder no se tiene, sino que se ejerce (otra vez Foucault), y esto se confirma en su siguiente frase “La politología es una ciencia que crítica el poder, pero más que criticar, lo que uno hace es tratar de enseñarle que la gente que tiene derechos”.


A través de los libros que existen sobre Garzón, y a través de sus entrevistas o conferencias, y a través de sus personajes, se puede concluir que poseía una genuina preocupación por el prójimo, sobre todos por esas personas que solo tienen el día y la noche. Saber lo que alcanzó a hacer en el Sumapaz, en donde lo conocían como “El alcalde Jaime Garzón”, muestra una vez más, que intentaba llevar al mundo real, lo que soñaba.


Cada persona que se propone comprender su legado se encuentra con muchos caminos por recorrer. Esa sumatoria de Jaimes que lo conformaban, esa profundidad que era un río hecho de tiempo y de palabras en los que la risa era una forma de defenderse de un país que odia la risa, ese rasgo que nos hace humanos, nos presenta un desafío como ciudadanos. 


¿Qué habría dicho Garzón sobre Pastrana en estos momentos? ‎Lo envía al Sumapaz para que no le estorbara. Mantener lejos al bufón mientras el presidente le besa los pies a Epstein y demás enfermos. Eso era Pastrana. En el Sumapaz Garzón intenta aplicar la Constitución de 1991, en su artículo 2, cuando se les recuerda a todos en este país que uno de los fines esenciales del estado es servir a la comunidad. Garzón era consciente de que la democracia no funciona cuando la gente mantiene a los políticos de turno, mientras ellos se sirven de los recursos que deberían dirigirse a dignificar a los colombianos.


Para cualquiera que hubiera pensado que los personajes de Garzón solo era posible verlos en pantalla, resulta que, a veces, era posible encontrarse con Dioselina Tibaná caminando por algunas calles de Bogotá, cerca de su casa; mantenía siempre ese sentido del humor que se veía en televisión, en los estudios grabación, en sus conversaciones sencillas, en sus almuerzos compartidos; en cada gramo de su persona estaba el ser completamente honesto y con un gran toque de profundidad la mayoría del tiempo.


‎Pensar en Garzón es pensar en el problema de la identidad, o al menos en ese complejo de inferioridad que nos caracteriza, y que lo llevó a concluir que en este país “Los de clase media se creen gringos, los intelectuales se creen franceses y los de clase baja se creen mexicanos”.  En esas líneas está un interrogante que todos tendríamos que responder, ¿qué significa ser colombiano? Sería genial que la respuesta a esa pregunta estuviera atravesada por la ética como él siempre nos enseñó.


Lo que ese hombre simboliza para nosotros, al menos en esta Institución, va más allá de lo que podría significar para otros, es la juventud como imagen de cambio y modernidad, es la crítica como medio para cuestionar al poder sin miedo, es la encarnación de la esperanza de todo un país que al menos por unos años, volvió a creer en la política, en la paz y en el estado.


Ya Borges en uno de sus cuentos se había hecho esa pregunta, ‎ “¿Qué es ser colombiano?”, y en ese mismo texto se responde, “ser colombiano es un acto de fe.” En este colegio tuvimos Fe, resistimos con el paso de los años a pesar del olvido, la burla o la marginalización, hasta convertir el nombre de nuestro colegio en un homenaje a un colombiano que murió por una patria que ni en mil años podría merecer a Jaime Garzón, ese personaje hermoso que habita en nuestra memoria, y a quien le acabaron la vida con rumores, pero que renace en nuestras acciones con dignidad y orgullo y risa e inteligencia. Se necesitaron más de 100 años de existencia de este árbol que es nuestro colegio, para que el fruto fuera poder ser símbolo en un país necesitado de símbolos honestos y repletos de valores y bondad. Ha sido un largo camino desde la Escuela Vieja hasta ahora cuando celebramos un año más de vida como institución, sobre la sombra de uno de esos héroes que cada cierto tiempo aparecen en nuestro país, un país que tanto quiso y que tanto lo quiere después de tantos años.


Feliz Semana Nacional de la Esperanza, feliz día de Jaime Garzón, y feliz día compañeras y compañeros. Que ojalá la ética sea ese pacto espiritual del que tanto hablamos en clase… Muchas gracias.  

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