Tras los vestigios de la infancia

Por: David Roa, Diego Ruiz, Felipe Micán

 

 

 

 

Ya han pasado algo más de dos mil años desde que un tal Jesús dijera “dejad que los niños vengan a mí porque de ellos es el reino de los cielos”, sin embargo, aun sabiendo de la antigüedad y carga simbólica de las palabras, parece que las mismas se han extinguido a causa de los corazones de plomo, el polvo de la guerra y el acecho de la industria. Hoy, 2013 años después, el mundo “postmoderno” considera, a los hombres que se portan como niños, una bandada de locos, inmaduros, desfasados y a los niños que se comportan como adultos se les ve con frecuencia con admiración y entusiasmo por su temprana actitud lúcida y responsable. ¿Será que la historia de la humanidad perdió el rumbo?, ¿será que no podemos dejar que un niño se acerque a los adultos?, ¿será que el ser niño es un simple mito que se desvanece tras la adquisición de un documento legal o el primer beso pasional?...



Responder, al igual que intentar volver a nuestros primeros pasos parece utópico. Con el tiempo –y más que con él, con nuestro correr desenfrenado y monetario- se nos van olvidando los juegos inocentes, el gritar ¡congelados!, ¡la lleva!, ¡un, dos, tres por mí!, las risas disparatas y espontáneas, el cantar “a la rueda rueda de pan y canela...”, las lágrimas transparentes tras un golpe en las rodillas, el miedo al cansancio y al aburrimiento,  vamos poco a poco callándonos no por tranquilidad sino por agotamiento, angustia y presión.



En algún tiempo los niños eran una reproducción del adulto, una copia en miniatura si se quiere: sus vestiduras a medida, sus trabajos a escala menor, sus conductas y modos en la mesa, en la iglesia, en los lugares públicos daban cuenta de un tipo de domesticación. Todo esto condujo y conduce –no es una cuestión de ayer únicamente-  a un ocultamiento de la infancia, ella es empujada por el dinero, la ambición, la belleza superficial, el trabajo, hacia las celdas más profundas y oscuras del ser, quien ya no tiene tiempo para reír, llorar, jugar, amar… gritar.

La infancia se va perdiendo, desgastando, difuminando. A diario, nos separamos de nuestro niño interior que está cargado de inocencia, espontaneidad, curiosidad, extroversión y, ante todo, asombro por la vida. Asombro por aquello que ya parece común, corriente y banal, pero que encierra una hermosura incomparable que sólo puede ser vista con detenimiento, con la mente libre y dispuesta a fluir alegre por todos los azares y avatares que trae consigo la existencia. Asombro por lo que ahora se cree simple, pero que antaño, cuando fuimos niños, parecía lo más maravilloso, y nos hacía soñar con historias mágicas de animales parlantes, de lunas y rosas hermosas, de aviones por donde se iba la vida, de soles sonrientes y nubes juguetonas.



Ahora bien, ¿cómo recuperar la sensibilidad y el sentir de los “pequeños” o cómo hacer menos distante la brecha entre la sonrisa resultante de jugar con una pelota y la felicidad-mercancía adquirida con la compra del último auto del mercado?

Seguramente hemos oído la historia de un pequeño príncipe que apareció en la mitad del desierto pidiéndole a un atareado piloto el dibujo de una oveja para su planeta, ¿les suena familiar?, hablamos de “El Principito” de Antoine de Saint – Exupéry, una historia que nace desde las entrañas de un excombatiente de guerra, es dedicada tanto a León Werth, como “a todos los niños del mundo, chicos y grandes” y nos permite recuperar esa sensibilidad y sentir sobre el cual nos interrogábamos hace un instante sabiendo que “no se ve bien sino con el corazón y que lo esencial es invisible a los ojos”.



Aunque la obra está canonizada dentro de la categoría de literatura infantil, está dotada de innumerables elementos metafóricos que apuntan a reflexionar sobre los más memorables e importantes asuntos del hombre: amistad, amor, muerte, vanidad, ambición, sabiduría, etc. Poco a poco las anécdotas, dibujos y situaciones se entretejen generando una atmósfera de gozo, carcajadas e incluso sombras que se fusionan gracias a la pluma hábil del autor.



Tras recorrer todas sus páginas,  seguramente, no podremos más que respirar hondamente por todos esos bellos recuerdos que llegan como ráfagas:  ese primer amor infantil, el primer día de escuela, lo abierto de nuestros ojos y boca cuando vimos volar un avión, cuando observamos por primera vez un atardecer en los llanos orientales, cuando visitamos el mar, cuando encontrábamos infinitas formas en las nubes que nos contaban historias, cuando escuchábamos encantados los relatos del abuelo sobre este arcoíris, aquella quebrada o algunas estrellas.



Finalmente, lo único que podemos hacer es escaparnos un segundo abriendo el camino hacia nuestras profundidades, buscar al niño jovial y despertarlo, desempolvar los lentes del asombro, volver la mirada a nuestros primeros pasos y decirle a nuestro principito: ¿Qué ha sido de ti?, vuelve por favor… Te necesito.





“Con el recuerdo vago de las cosas que embellecen el tiempo y la distancia, retornan a las almas cariñosas cual bandada de blancas mariposas, los plácidos recuerdos de la infancia.”



Infancia, José Asunción Silva.